Javier Vázquez Delgado recomienda: Deathstroke Segunda Temporada-R.I.P

Edición original:Deathstroke núms. 44-50 USA
Edición nacional/ España:ECC Ediciones
Guion:Christopher Priest
Dibujo:Carlo Pagulayan, Fernando Pasarín
Entintado:Ryan Winn, Jason Paz, Wade Von Grawbadger, Cam Smith, Oclair Albert, Vicente Cifuentes, Norm Rapmund, Danny Miki
Color:Jeromy Cox
Formato:Rústica, 184 páginas. A color.
Precio:18,95 €

La mejor etapa de Deathstroke termina. Decir la mejor es quedarse corto ante la genial trama orquestada por Christopher Priest con el Exterminador. Tan solo la actuación del personaje en la aclamada El contrato de Judas, cúspide de Los Jóvenes Titanes de Pérez y Wolfman tiene un magnetismo semejante.

A ese nivel llega esta serie, una auténtica joya escondida entre el amplio catálogo de la editorial. A pesar de los halagos, hay que decir que no es para todos los lectores. Si no estás dispuesto a prestar atención a cada una de sus páginas, a sentirte perdido en muchos momentos de la lectura o a percibir personalidades y situaciones muy complejas que llegan a provocar rechazo, sobre todo cuando se refiere a su protagonista, esta serie no es para ti.

La difusión del cómic por parte de ECC ha supuesto un arduo camino para el aficionado español, con la edición en tapa blanda de cuatro entregas. Con esta serie acabada, se publicaría en tapa dura el cruce con Batman, para finalmente acabar la colección con su entrega por temporadas, siendo este Deathstroke R.I.P. la segunda de ellas tras Deathstroke: Arkham Primera Temporada.

Un cómic laberíntico, editado en distintos formatos que no te va a quedar bien en la estantería y que por lo espaciado de su publicación y lo poco convencional de la narrativa (además de los continuos saltos temporales, se podría decir que no hay arcos argumentales) vas a tener que releer. Y es que la obra de Priest tiene todos los ingredientes de una serie de culto. Aquí puedes encontrar las excelentes reseñas sobre la serie realizadas por Gustavo Higuero. En ZN no nos cansamos de recomendar este cómic, uno que expande el género, abrazándolo, sin renegar de él en ningún momento como sí pueden hacer otros autores que escriben para la editorial de forma diferente, despreciando las características superheroicas y huyendo de lo innato a este tipo de cómic. Con mucha menos fama Priest puede mirarse cara a cara con todos ellos al entregar un cómic de acción con una construcción de personajes muy bien trabajada y orgánica a la trama, los traumas de cada uno de ellos relucen justo cuando deben hacerlo, con un protagonista implacable y muy cabrón capaz de enamorarte para siempre a la vez que lo odias por momentos. Sin dejar de tener momentos divertidos como cuando forma su propio equipo, dando lugar a un conglomerado de situaciones, creando diferentes cómics dentro del cómic, a lo largo de cincuenta números muy disfrutables.

Slade Wilson moría (de forma un poco inexplicable) en el anterior volumen al atravesarle un ojo (el bueno) una flecha de Red Arrow/Emiko. Este tomo comienza con el funeral, una galería de villanos le presentan sus respetos. Otros villanos tienen planes diferentes. Jericó no sabe muy bien cómo sentirse ante la muerte de su padre. Llegará a apoderarse de los Titanes y Priest regala diálogos sensacionales:

“Lo bueno que hay en mí fue inspirado por un chico mucho mejor que llevó ese uniforme”.

El guionista entrega todo lo que ha sido su etapa, continuamente se referencia a sí misma. La familia de Slade lidia de diferente manera con la muerte del patriarca. Rose quiere honrarlo terminando su último trabajo. Nunca, salvo una vez, incumplió un contrato, los Titanes tuvieron que ver con ello. Jericó trata de mantenerlo todo en orden. El Año del Villano, iniciativa editorial que ha repercutido en las colecciones en el último año, se dejará notar en la trama. Priest sale airoso del envite, como ya hiciera en el cruce con Batman y en el de los Jóvenes Titanes, no estuvo tan inspirado con el Contrato de Lázaro, aunque igualmente lo adaptó de forma orgánica a lo que quiere contar en su serie. Los Titanes, Rose y sobre todo Jericó, tendrán gran influencia en el devenir del cómic sin olvidarse del resto de secundarios que se han dado cita en la historia desde el inicio de Renacimiento.

El relato es duro con sus personajes, llevándolos a sitios inexplorados siempre de forma coherente a lo que se ha contado a lo largo de toda la serie y el destino para alguno de ellos será de lo más cruel, habiendo más de una muerte en el tebeo. Por supuesto, sin ser el ejemplo más representativo, la narración es confusa e intemporal, aunque quizás como premio al esforzado lector que ha llegado hasta aquí, por momentos, es bastante lineal para lo que suele ser el guionista de Pantera Negra pero enseguida vuelve a su fragmentada narración marca de la casa.

No solo el Año del Villano tendrá su incidencia en el libro, también otra ocurrencia de Snyder, el multiverso oscuro, será influyente. Así es el mundo del cómic, Snyder sustituyó a Priest al mando de la Liga de la Justicia e interfiere en su serie. Es de suponer que la mayoría de lectores están de acuerdo con esto, o no les importa en exceso, vistas las ventas de uno y otro. Del multiverso oscuro nace el rival a batir de este último baile, un adversario sin igual (o precisamente lo contrario) que pondrá en jaque a toda la “Sladefamilia”.

Del dibujo se encargan Fernando Pasarín y Carlo Pagulayan titular de la colección, que ha contado con un gran baile de dibujantes si bien él ha sido el principal. Independientemente de su trabajo, logra algo primordial, hace suya la serie, han pasado muchos dibujantes, pero el Slade reconocible es el de Pagulayan. Sin embargo, es Pasarín el que se encarga de la mayoría de números. Buena narrativa, buena composición de página, buenos fondos, su punto más débil quizás sea la expresión de sus rostros que en ocasiones no terminan de convencer, su dibujo se percibe de forma similar al del filipino que termina su periplo en la colección dibujando las últimas páginas. Numerosos artistas se encargan del entintado en este tomo en contraparte al color, cuyo único representante es Jeromy Cox que se encuentra más a gusto en las viñetas oscuras, dotándolas de una atmósfera apropiada, que en las luminosas.

Este final de etapa está lejos de ser una conclusión espectacular o colosal. Priest adolece de cansancio, algo inexistente durante todo su ciclo con el villano y se muestra algo irregular en el cierre de tramas, sobre todo al final del tomo. No deja mal sabor de boca, pero si este libro es el postre, te ha gustado más el entrante, primer y segundo plato. El camino hasta aquí ha sido fabuloso, has escalado la montaña por paredes bellísimas e imposibles que te han otorgado una gran satisfacción, ascendida la cima, la vista desde arriba la contemplas de noche sin lo excepcional de la subida, dándote cuenta de que lo importante era el camino. También puede ser, probablemente, que no haya entendido todos los guiños y me pierda detalles y con toda seguridad releídos los tomos anteriores el final gane en consistencia. Priest fiel a su estilo, da todo lo que nos tiene acostumbrados, diálogos afilados, inteligentes reflexiones, personajes únicos y una narración compleja en una colección muy por encima de la media. Si no lo has leído y te interesa el cómic, ante la previsiblemente, complicada reedición futura ya deberías de ir buscándolo, aún es fácil adquirirlo, incluso su primer número. Si estás acostumbrado al cómic más mainstream, crecerás con su lectura.



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